Los tres cazadores regresaban a casa en
absoluto silencio, lo que habían visto era prácticamente imposible.
La muchacha no solo no estaba en peligro,
sino que eran los animales los que velaban su sueño, y habían estado dispuestos
a enfrentarse con tres hombres armados y perder la vida si con ello la
jovencita salía ilesa del lugar.
- Bueno – resoplo el señor Sørensen sentándose
en un árbol caído, los otros lo siguieron – ¿vamos a hablar de qué demonios
paso allá atrás o no?
- Quieres que te digamos Lothen – repuso el
señor Cattaneo – tu lo viste, yo lo vi, él lo vio, no hay más que decir.
- Mi abuelo me contó una vez que algo muy
parecido le paso, cuando fue a casar leones a África, era un viejo al que le
gustaba inventarse historias y nadie le creyó, pero... – el señor Sørensen miro
hacia atrás por encima del hombro – ahora empiezo a dudarlo. ¿Qué tan probable
es que a dos personas de la misma familia les suceda lo mismo?
- ¿Qué te dijo tu abuelo? – pregunto el
señor Cattaneo.
- Dijo que iba siguiendo a un grupo de
leones por los pastizales cuando se topo de frente con una jovencita que comía
sentada en medio de un circulo de leones, hienas, y varios animales más y que
al intentar acercarse la chica se escondió detrás de los leones, el abuelo tuvo
que retirarse para no salir herido.
- Saben – murmuro el señor O´Reilly – mi tío
contaba que a un antepasado nuestro al que le dio por irse de expedición al
Amazonas también le sucedió algo así, una bella mujer joven que reposaba
recostada en un árbol lo hacía rodeada de animales salvajes que aparentemente
montaban guardia.
- Esto me está asustando – tragó duro en
señor Cattaneo – yo escuche la historia de un vecino que al ir a pescar en el adriático,
se encontró con una muchacha tendida en medio de un islote al que rodeaba una colección
de tiburones, delfines e incluso un par de ballenas. Parece ser que todos hemos
escuchado algo parecido en algún momento.
- Y que estos fenómenos se producen en todo
el mundo – asintió el señor O´Reilly.
- ¿Qué fenómenos? – dijo una cantarina voz de
mujer.
La muchacha que habían visto durmiendo en
la piedra se descolgó del árbol que les proporcionaba sombra a los tres
hombres, quedando de cabeza mirándolos divertidos, Cattaneo y Sørensen ahogaron
un grito, pero Seth se había perdido ya en la visión de los ojos de la mujer,
esos extraordinarios ojos.
- Tú – señalo algo receloso el señor
Cattaneo – al parecer existen muchas como tú.
- Pues si – canturreo ella mientras
aterrizaba grácilmente frente a ellos - ¿Quién crees que mantiene bello este mundo?
- Entonces hay más – el señor Sørensen se veía
abrumado.
- Muchas – la chica se encogió de hombros restándole
importancia a la revelación – ustedes cazan – miro con recelo a las armas dejadas
a un lado.
- Solo una vez al año, para comer – se defendió
el señor O´Reilly.
- Pero hoy no llevan presas – la jovencita
rodeó a los cazadores examinándolos.
- No, hoy no – confirmo algo triste Cattaneo.
Ella frunció el seño y los labios - ¿Por
qué te entristece no matar?
- No es por eso, y no es por nosotros, el
señor O´Reilly – lo señaló – vive de eso, consigue la carne para venderla y poder
sobrevivir el invierno, el vive en el bosque y sin presas deberá salir en la
nieve para buscar carne, si no vende la caza del día no tendrá dinero para
comprar otras comidas.
La mirada de la muchacha se volvió a Seth,
y de nuevo inclino la cabeza como un ave - ¿Es eso cierto? – el joven señor
O´Reilly solo asintió.
- Bueno – el rostro de la muchacha estaba
tan pegado al de Seth que las puntas de sus narices se tocaban haciendo que las
mejillas del señor O´Reilly se tornaran rojas– si ese es el caso, te entregare
a mis animales enfermos o viejos y serás bienvenido a mi casa a compartir mi
mesa cuando no tengas con que llenar tu pancita – sonrió ella y luego su expresión
se volvió un poco sombría – pero jura que les darás una muerte rápida y misericordiosa.
- Seth O´Reilly es el más bueno y
misericordioso de los cazadores de este mundo – aseguro el señor Cattaneo y el
señor Sørensen gruño y asintió para confirmarlo.
La dama parpadeo y sonrió de nuevo – Me llamo
Raniie.
- Angiolo Cattaneo, Lothen Sørensen
y Seth O’Reilly – presentó el señor Cattaneo – un
placer Raniie.
- Igual – de pronto ella se
puso a dar saltitos como una niña – ya se, los invito a comer, en mi santuario –
los tres hombres se intercambiaron miradas – si, si – aplaudió ella – el domingo,
las comidas entre amigos siempre son en domingo, lleguen hasta la roca, allí mis
animales irán por ustedes para llevarlos.
Y sin dar oportunidad a que
alguno de los hombres respondiera, echo a correr alegremente y desapareció entre
los arboles como si hubiera estado hecha de viento.
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