Los señores Sørensen, Cattaneo
y O’Reilly
tenían por costumbre desde hace ya algunos años salir de
caza antes del invierno, solo el joven
señor O’Reilly
vivía cerca del bosque, pero prefería no
tener que salir en medio de las nevadas a conseguir carne.
El señor Angiolo Cattaneo era más o menos
bajito, más o menos gordo y más o menos inteligente, pero era noble y muy
competente en la cacería, Lothen Sørensen por otro lado era alto, rubio de ojos grises y
con una actitud que daba a entender ser muy seguro de sí mismo, era el que
siempre sabia a donde apuntar para obtener las mejores presas, y no reparaba en
detalles, importantes o no, para ello.
Seth O´Reilly, el más
joven del grupo andando casi en sus treinta, cabello cobrizo y ojos verdes,
piel blanca y con muchas pequeñas pecas rojizas herencia de su madre, había acabado
con ese par de hombres que le doblaban la edad, más por accidente que realmente
buscándolos.
Seth no goza con matar
animales, pero desde que se quedo solo cuando apenas rondaba los catorce, encontró
en el asesinato la mejor forma de conseguir comida y dinero para lo demás,
llego al pueblo y se instalo lo mas retirado de este, donde se tienen más
presas y menos competencia, la tarde en que conoció a sus ahora socios había logrado
la captura de un ciervo de buen tamaño y una docena de conejos, todos con
disparos que no dañaba la piel, al final conseguiría suficiente dinero para
sobrevivir sin tener que asesinar por al menos un mes, contento caminaba en dirección
a la carnicería donde vendería la carne para luego vender las pieles en otro
sitio.
- Esas son grandes –
exclamo con un silbido el señor Cattaneo - ¿las casaste tu mismo chico?
- Si señor – respondió
orgulloso Seth.
- Entonces debes saber
en donde es que se “ocultan” - el señor Sørensen
sonreí mientras dibujo las comillas en el aire – aquí se ha vuelto difícil encontrar
buenas presas.
- ¿Qué te parece –
dijo el señor Cattaneo – si hacemos un trato?
¡Oh no! Pensó para sus
adentros Seth, no disfrutaba matar, lo hacía por necesidad, porque antes de
morir fue lo único que su padre le pudo enseñar y porque despellejar era lo que
su madre le enseño antes de seguir a su padre a donde él no podría ir todavía.
- Una vez al año –
repuso concienzudamente el señor Sørensen.
- Una vez al año –
reafirmo el señor Cattaneo con un asentimiento de cabeza – cerca del invierno, nos
llevaras a donde encuentras tan buenos animales, cazaremos y las presas que
matemos serán nuestras pero te daremos a cambio lo que creamos justo por
conseguirlas, ti eliges, efectivo, munición
o provisiones – y ambos hombres asintieron.
No sonaba mal, de
hecho sonaba bastante más que bien, Seth pidió tiempo para pensarlo aunque realmente
no lo hizo mucho, cuando salió del taller de curtidores busco a los hombres y cerraron
el trato en la taberna con una pinta de cerveza.
Ahora, siete años después,
Seth O´Reilly era prácticamente parte de ambas familias, aunque prefería su
soledad, de vez en cuando iba a comer a sus casas por invitación de las propias
señoras pero siempre sin importar que tan tarde era o que tanto frio o la
gravedad de su estado de ebriedad, el dormía en su cabaña, en la profundidad de
su bosque.
La mañana había sido
dura y fría, el invierno se acercaba cada vez más a prisa y las armas colgadas
en los hombros de los hombres quemaban por el frio del metal, el desayuno incluyo
grandes cantidades de azúcar y calorías per no parecía suficiente dadas las
condiciones del día, se había decidido ya que avanzarían solo un par de kilómetros
más antes de regresar a la cabaña de Seth, el terreno escarpado e inclinado no hacía
por ayudarlos – Bien – pensó el señor O´Reilly – que no nos la pongan fácil -.
El señor Sørensen subió
una colina para mirar desde lo alto.
- ¡Santo Cristo! –
exclamo con una expresión de terror en
el rostro.
- ¿Qué has visto
Lothen? – pregunto el señor Cattaneo.
- Sube aquí y míralo por
ti mismo, no tengo idea de cómo describirlo.
El señor O´Reilly y el
señor Cattaneo intercambiaron miradas, se encogieron de hombros y subieron a la
colina, la visión que presenciaron era un cuento de terror que saco el aire de
sus pulmones como un puñetazo.
El terreno descendente
era de un exuberante y prodigo verde, abajo en el valle que se formaba había una
piedra plana de gran tamaño sobre la cual había un bulto blanco, no, un bulto
no, se dio cuenta Seth, era el cuerpo de una mujer, pero eso no era lo
espeluznante.
Una manada de lobos
salvajes caminaban en círculos montando guardia alrededor de la piedra cuya elevación
era lo único que mantenía a salvo el cuerpo de ser carroña para ellos, había también
ciervos de enormes cornamentas escondidos entre los arboles mirando en dirección
al cuerpo, un par de leones de montaña, cuatro osos pardos e incluso en los
arboles cercanos habían cuervos que revoloteaban silenciosos en las copas de
los arboles.
Los tres cazadores se
quedaron de una pieza, intentando no llamar la atención de ninguno de los
animales, ni siquiera del grupo de conejos que saltaban encima de la roca sin
tocar a la mujer.
- Eso es aterrador –
murmuro el señor Cattaneo.
Como si la voz del
hombre hubiera sido una sirena
anti-bombas todos los animales voltearon a verlos, poniéndose en guardia,
mostrando dientes y garras defensivamente, los tres hombres retrocedieron.
- Vayámonos – aconsejo el señor Sørensen – no hay nada que hacer... y
entonces la mujer se revolvió - Esta viva – dijo parpadeando en su dirección –
bueno, siendo ese el caso debemos ayudarla
- ¿Cómo? – Seth no veía
como poder ayudarla.
- Tu eres el más rápido
chico, mientras nosotros los distraemos tu puedes rodear por detrás y sacarla
de allí sana y salva.
Como no teniendo
control sobre su cuerpo, la cabeza de Seth asintió frenéticamente y el plan se
puso en marcha.
Los tiros de las armas
de caza espantaron a los animales el tiempo suficiente para que el muchacho
pudiera correr y subir a la roca de un salto, movió hacia la mujer, se quedo
quieto por un segundo cuando la vio, se trataba de la criatura más hermosa que
hubiera visto jamás, tan bella que quitaba el aliento, tenía la piel dorada por
el sol y el cabello tan negro que desprendía destellos azulados, la gruesa
cortina de pestañas formaban una línea negra y gruesa en sus mejillas...
- Date prisa – grito uno
de los hombres sacándolo de su embelesamiento.
Iba descalza y la tela
de su vestido era prácticamente transparente ¿Cómo puede estar durmiendo tan plácidamente?
A penas había tratado
de tocarla cuando ella abrió los ojos, eran tan azules como el cielo de media
noche y creyó que casi podía ver en ellos las constelaciones como si se
movieran en el mismo firmamento, la muchacha pestañeo somnolienta, tendría unos
dieciséis, cuando pudo enfocarlo, su mirada cambio del sopor al terror
absoluto.
Soltó un grito tan
espantoso que los animales de inmediato giraron sus cabezas hacia él, quien
levanto las manos mostrando las palmas en un gesto tranquilizador.
- Calma, solo quiero
ayudarte, ponerte a salvo – dijo, ella ladeo la cabeza como un pajarito antes
de saltar de la roca.
Sus descalzos pies
corrieron y se hecho debajo del oso más grande que estaba en la parte de atrás de
la pared de animales que se había formado, allí había incluso más de los que habían
visto al principio...
La muchacha le dirigió
una última mirada antes de salir de debajo del oso y darle la espalda para
adentrarse en el bosque seguida de todos los animales excepto algunos cuervos
que se quedaron a azuzar a los cazadores.
Desapareció entre los árboles
y lo último que escucharon fue una alegre y melódica risa de la chica que se alejaba.
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