martes, 25 de febrero de 2014

Cazadores



Los señores  Sørensen, Cattaneo y O’Reilly  tenían por costumbre desde hace ya algunos años salir de caza antes del  invierno, solo el joven señor O’Reilly  vivía cerca del bosque, pero prefería no tener que salir en medio de las nevadas a conseguir carne.
El señor Angiolo Cattaneo era más o menos bajito, más o menos gordo y más o menos inteligente, pero era noble y muy competente en la cacería, Lothen  Sørensen por otro lado era alto, rubio de ojos grises y con una actitud que daba a entender ser muy seguro de sí mismo, era el que siempre sabia a donde apuntar para obtener las mejores presas, y no reparaba en detalles, importantes o no, para ello.
Seth O´Reilly, el más joven del grupo andando casi en sus treinta, cabello cobrizo y ojos verdes, piel blanca y con muchas pequeñas pecas rojizas herencia de su madre, había acabado con ese par de hombres que le doblaban la edad, más por accidente que realmente buscándolos.
Seth no goza con matar animales, pero desde que se quedo solo cuando apenas rondaba los catorce, encontró en el asesinato la mejor forma de conseguir comida y dinero para lo demás, llego al pueblo y se instalo lo mas retirado de este, donde se tienen más presas y menos competencia, la tarde en que conoció a sus ahora socios había logrado la captura de un ciervo de buen tamaño y una docena de conejos, todos con disparos que no dañaba la piel, al final conseguiría suficiente dinero para sobrevivir sin tener que asesinar por al menos un mes, contento caminaba en dirección a la carnicería donde vendería la carne para luego vender las pieles en otro sitio.
- Esas son grandes – exclamo con un silbido el señor Cattaneo - ¿las casaste tu mismo chico?
- Si señor – respondió orgulloso Seth.
- Entonces debes saber en donde es que se “ocultan” -  el señor Sørensen sonreí mientras dibujo las comillas en el aire – aquí se ha vuelto difícil encontrar buenas presas.
- ¿Qué te parece – dijo el señor Cattaneo – si hacemos un trato?
¡Oh no! Pensó para sus adentros Seth, no disfrutaba matar, lo hacía por necesidad, porque antes de morir fue lo único que su padre le pudo enseñar y porque despellejar era lo que su madre le enseño antes de seguir a su padre a donde él no podría ir todavía.
- Una vez al año – repuso concienzudamente el señor Sørensen.
- Una vez al año – reafirmo el señor Cattaneo con un asentimiento de cabeza – cerca del invierno, nos llevaras a donde encuentras tan buenos animales, cazaremos y las presas que matemos serán nuestras pero te daremos a cambio lo que creamos justo por conseguirlas, ti eliges,  efectivo, munición o provisiones – y ambos hombres asintieron.
No sonaba mal, de hecho sonaba bastante más que bien, Seth pidió tiempo para pensarlo aunque realmente no lo hizo mucho, cuando salió del taller de curtidores busco a los hombres y cerraron el trato en la taberna con una pinta de cerveza.
Ahora, siete años después, Seth O´Reilly era prácticamente parte de ambas familias, aunque prefería su soledad, de vez en cuando iba a comer a sus casas por invitación de las propias señoras pero siempre sin importar que tan tarde era o que tanto frio o la gravedad de su estado de ebriedad, el dormía en su cabaña, en la profundidad de su bosque.
La mañana había sido dura y fría, el invierno se acercaba cada vez más a prisa y las armas colgadas en los hombros de los hombres quemaban por el frio del metal, el desayuno incluyo grandes cantidades de azúcar y calorías per no parecía suficiente dadas las condiciones del día, se había decidido ya que avanzarían solo un par de kilómetros más antes de regresar a la cabaña de Seth, el terreno escarpado e inclinado no hacía por ayudarlos – Bien – pensó el señor O´Reilly – que no nos la pongan fácil -.
El señor Sørensen subió una colina para mirar desde lo alto.
- ¡Santo Cristo! – exclamo con una expresión  de terror en el rostro.
- ¿Qué has visto Lothen? – pregunto el señor Cattaneo.
- Sube aquí y míralo por ti mismo, no tengo idea de cómo describirlo.
El señor O´Reilly y el señor Cattaneo intercambiaron miradas, se encogieron de hombros y subieron a la colina, la visión que presenciaron era un cuento de terror que saco el aire de sus pulmones como un puñetazo.
El terreno descendente era de un exuberante y prodigo verde, abajo en el valle que se formaba había una piedra plana de gran tamaño sobre la cual había un bulto blanco, no, un bulto no, se dio cuenta Seth, era el cuerpo de una mujer, pero eso no era lo espeluznante.
Una manada de lobos salvajes caminaban en círculos montando guardia alrededor de la piedra cuya elevación era lo único que mantenía a salvo el cuerpo de ser carroña para ellos, había también ciervos de enormes cornamentas escondidos entre los arboles mirando en dirección al cuerpo, un par de leones de montaña, cuatro osos pardos e incluso en los arboles cercanos habían cuervos que revoloteaban silenciosos en las copas de los arboles.
Los tres cazadores se quedaron de una pieza, intentando no llamar la atención de ninguno de los animales, ni siquiera del grupo de conejos que saltaban encima de la roca sin tocar a la mujer.
- Eso es aterrador – murmuro el señor Cattaneo.
Como si la voz del hombre hubiera sido una sirena  anti-bombas todos los animales voltearon a verlos, poniéndose en guardia, mostrando dientes y garras defensivamente, los tres hombres retrocedieron.
- Vayámonos – aconsejo  el señor Sørensen – no hay nada que hacer... y entonces la mujer se revolvió - Esta viva – dijo parpadeando en su dirección – bueno, siendo ese el caso debemos ayudarla
- ¿Cómo? – Seth no veía como poder ayudarla.
- Tu eres el más rápido chico, mientras nosotros los distraemos tu puedes rodear por detrás y sacarla de allí sana y salva.
Como no teniendo control sobre su cuerpo, la cabeza de Seth asintió frenéticamente y el plan se puso en marcha.
Los tiros de las armas de caza espantaron a los animales el tiempo suficiente para que el muchacho pudiera correr y subir a la roca de un salto, movió hacia la mujer, se quedo quieto por un segundo cuando la vio, se trataba de la criatura más hermosa que hubiera visto jamás, tan bella que quitaba el aliento, tenía la piel dorada por el sol y el cabello tan negro que desprendía destellos azulados, la gruesa cortina de pestañas formaban una línea negra y gruesa en sus mejillas...
- Date prisa – grito uno de los hombres sacándolo de su embelesamiento.
Iba descalza y la tela de su vestido era prácticamente transparente ¿Cómo puede estar durmiendo tan plácidamente?
A penas había tratado de tocarla cuando ella abrió los ojos, eran tan azules como el cielo de media noche y creyó que casi podía ver en ellos las constelaciones como si se movieran en el mismo firmamento, la muchacha pestañeo somnolienta, tendría unos dieciséis, cuando pudo enfocarlo, su mirada cambio del sopor al terror absoluto.
Soltó un grito tan espantoso que los animales de inmediato giraron sus cabezas hacia él, quien levanto las manos mostrando las palmas en un gesto tranquilizador.
- Calma, solo quiero ayudarte, ponerte a salvo – dijo, ella ladeo la cabeza como un pajarito antes de saltar de la roca.
Sus descalzos pies corrieron y se hecho debajo del oso más grande que estaba en la parte de atrás de la pared de animales que se había formado, allí había incluso más de los que habían visto al principio...
La muchacha le dirigió una última mirada antes de salir de debajo del oso y darle la espalda para adentrarse en el bosque seguida de todos los animales excepto algunos cuervos que se quedaron a azuzar a los cazadores.
Desapareció entre los árboles y lo último que escucharon fue una alegre y melódica risa de la chica que se alejaba.



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